Celebrando los 450 años del monasterio de Pastrana, de Concepcionistas Franciscanas, rescatamos una de sus más desconocidas moradoras, hija de la Princesa de Éboli y contemplativa hasta el final.

La figura de Ana de Silva Mendoza, llamada en religión Sor Ana de San Francisco, ha quedado durante siglos absorbida por la biografía de su madre, Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli. La madre fue convertida por la memoria popular en personaje de leyenda: la dama del parche, la viuda poderosa, la supuesta amante, la intrigante cortesana, la prisionera del rey. La hija, en cambio, fue reducida a una nota lateral: la niña que acompañó a la princesa durante su cautiverio y que después profesó como monja concepcionista en Pastrana.

Una lectura más justa exige separar ambas figuras sin desvincularlas. La princesa de Éboli no fue únicamente una mujer novelesca atrapada en rumores de corte, ni Ana de Silva Mendoza fue solo una hija pasiva encerrada junto a su madre. Ambas pertenecieron a un mismo drama familiar, político y espiritual: el de una casa nobiliaria situada en el corazón del poder de Felipe II, caída después bajo sospecha, vigilancia y castigo.

Helen H. Reed y Trevor J. Dadson han insistido en la necesidad de buscar “otra voz” para la princesa de Éboli, frente a la mala reputación transmitida por la historiografía, la literatura y el imaginario popular. En el prólogo de La princesa de Éboli. Cautiva del rey, recuerdan que Ana de Mendoza fue durante mucho tiempo reconocida por su parche y por un escándalo apenas comprendido, y que la memoria colectiva la redujo a expresiones como “la tuerta” o a insinuaciones de vida desordenada. Esa imagen, sin embargo, procede de una tradición cargada de rumores, juicios morales y lecturas políticas interesadas.

La propia obra de Reed y Dadson subraya que Ana de Mendoza fue una mujer “noble y poderosa políticamente” durante la primera parte de su vida, pero que, al quedar viuda, tuvo que luchar por conservar su poder y asegurar el futuro de sus hijos. Este punto resulta esencial: la princesa no puede entenderse solo como personaje romántico o escandaloso, sino como una viuda aristocrática obligada a defender patrimonio, autoridad, hijos y memoria familiar dentro de una monarquía profundamente jerárquica y vigilante.

Su hija menor, Ana de Silva Mendoza, vivió esa caída desde dentro. Si la madre representa la pérdida pública del poder, la hija representa sus consecuencias íntimas: la infancia vigilada, el encierro compartido, el proyecto matrimonial frustrado y la transformación de la herencia familiar en vida religiosa. En el estudio de Esther Alegre Carvajal, Ana de Silva Mendoza, la figura de la hija aparece precisamente como una memoria afectiva y filial del cautiverio materno, no como una simple sombra genealógica.

El personaje de Sor Ana de San Francisco debe leerse, por tanto, desde una perspectiva integradora: hija de una mujer castigada por el poder real, noble destinada inicialmente al matrimonio, religiosa por elección documentada, administradora de memoria familiar y abadesa de un monasterio fundado bajo el patronazgo de su propia casa.

El monasterio de concepcionistas de Pastrana no fue un simple decorado final en la vida de Ana de Silva Mendoza. Fue un espacio decisivo para comprender la relación entre la princesa de Éboli, su hija y la memoria religiosa de la Casa de Pastrana.

Las Notas históricas y memoria. Monasterio de monjas concepcionistas en Pastrana, redactadas por Fr. Lorenzo Pérez, OFM, en 1920, recogen que el convento de Nuestra Señora de la Concepción se fundó en 1576. El documento corrige la fecha inicial del 9 de marzo y la sitúa el 7 de marzo de 1576, día de Santo Tomás de Aquino, “a petición de la Excma. señora doña Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli, Duquesa de Pastrana”. Según esta memoria, las religiosas llegaron desde el convento de la Inmaculada Concepción de Toledo, con Felipa de Acuña y Mendoza como primera abadesa, Isabel de San Jerónimo como vicaria, Catalina de Jesús como maestra de novicias y María de los Ángeles como tornera.

Este dato obliga a mirar el convento de Pastrana no solo como lugar de clausura, sino como fundación aristocrática, espacio de patronazgo femenino y escenario de continuidad familiar. La princesa de Éboli no aparece únicamente como prisionera futura, sino también como promotora de una institución religiosa que quedaría ligada al destino de su hija.

La historia anterior del edificio introduce una disonancia importante. El mismo documento recuerda que el convento había estado vinculado a las carmelitas descalzas y a Santa Teresa de Jesús. Según la memoria de Fr. Lorenzo Pérez, tras la muerte de Ruy Gómez de Silva en 1573, la princesa viuda quiso incorporarse al convento carmelitano, pero sus “exigencias y caprichos” habrían provocado que Santa Teresa trasladara a sus religiosas a Segovia. Esta noticia debe tratarse con cuidado: refleja una tradición conventual posterior, con lenguaje moralizante, y no agota la complejidad del conflicto.

Una lectura equilibrada debe reconocer dos planos. Por un lado, parece claro que la convivencia entre la princesa viuda y la comunidad carmelitana fue problemática. Por otro, no conviene reducir el episodio a una caricatura de la princesa como mujer caprichosa. La viuda de Ruy Gómez se encontraba en una situación límite: había perdido a su marido, debía sostener un gran patrimonio, tenía hijos que colocar en el mundo nobiliario y buscaba un espacio de retiro espiritual que no terminaba de encajar con su condición de gran señora. El choque entre espiritualidad reformada, autoridad nobiliaria y temperamento personal explica mejor el conflicto que una simple condena moral.

El monasterio concepcionista nació, por tanto, sobre un terreno cargado de memoria: primero carmelita, después concepcionista; primero deseado por la madre, después habitado por la hija; primero fundación aristocrática, luego espacio de cautiverio simbólico y finalmente comunidad donde Ana de Silva Mendoza alcanzaría responsabilidades.

Las Notas históricas añaden además un dato fundamental sobre el sostenimiento económico de la fundación: la princesa dejó al convento trescientas fanegas de trigo y cuatrocientos ducados anuales, con carga de mantener cuatro plazas de religiosas y de tener oración continua por los buenos sucesos del reino, por su salud y por la Casa de Pastrana. Esta manda muestra que el convento funcionaba como una estructura espiritual al servicio de la memoria familiar. En la Edad Moderna, la oración conventual no era un gesto privado, sino una forma de presencia social, legitimación del linaje y protección simbólica de la casa.

Así, cuando Ana de Silva Mendoza entró en religión, no ingresó en un espacio ajeno. Entró en el lugar donde la memoria de su madre, la devoción de la casa, las rentas familiares y el destino espiritual de Pastrana estaban ya entrelazados.

El encarcelamiento de la princesa de Éboli debe situarse en el marco del caso de Antonio Pérez, secretario de Estado de Felipe II, y del asesinato de Juan de Escobedo en 1578. La tradición popular ha tendido a simplificar este episodio como un drama de celos, amoríos y venganza real. Sin embargo, la historiografía actual es mucho más prudente.

Reed y Dadson muestran que las acusaciones contra la princesa fueron cambiando de forma: ¿desafió al rey?, ¿fue cómplice de asesinato?, ¿cometió adulterio?, ¿fue víctima de una construcción política? La propia obra recuerda que Antonio Pérez, desde el exilio, mantuvo viva la imagen de la princesa como femme fatale, interesada en desviar la atención del asesinato de Escobedo y en presentarse a sí mismo como víctima de una pasión peligrosa.

Por eso, el cautiverio de Ana de Mendoza no debe interpretarse solo desde el mito amoroso. La prisión de la princesa fue una decisión política de Felipe II en un contexto de secretos de Estado, facciones cortesanas, sospechas sobre Antonio Pérez y temor a que determinados asuntos comprometieran la autoridad real. La princesa fue castigada, vigilada y apartada, pero el motivo exacto de la dureza del rey sigue siendo objeto de interpretación.

Las Notas históricas de Fr. Lorenzo Pérez ofrecen una versión piadosa del final de la princesa. Indican que fue presa el 28 de julio de 1579, conducida a la fortaleza de Pinto y que, después de renunciar a la administración de sus estados y a la tutela de sus hijos, se retiró en 1582 al convento de Pastrana, donde habría vivido “piadosamente” hasta su muerte, el 2 de febrero de 1592.

La misma fuente añade que Sor Ana de San Francisco —entonces niña— habría acompañado a su madre desde la infancia. El documento afirma que, a los seis años, “es de suponer” que su madre la llevara a Pinto, y que madre e hija permanecieron juntas hasta retirarse a Pastrana “a vivir en paz y quietud” por orden de Su Majestad.

Aquí aparece una de las principales disonancias del relato. La memoria monástica utiliza un lenguaje de retiro, recogimiento y piedad; la historiografía contemporánea, en cambio, insiste en la dureza del castigo. Reed y Dadson señalan que Gaspar Muro, en el siglo XIX, minimizó parte del sufrimiento de la princesa para proteger la imagen de Felipe II. Según el análisis de Reed y Dadson, el rey la hizo emparedar en un cuarto de su palacio entre 1590 y 1592, donde murió lentamente, enferma, reclamando luz y aire y denunciando el carácter ilegal de su trato.

La interpretación más integradora no debe negar ninguno de los dos planos. Para la tradición conventual, el final de la princesa podía leerse como una conversión, una purificación o un retiro piadoso. Para la historia política, fue un encierro impuesto por el rey. Para la historia afectiva, fue el escenario donde una hija menor creció ligada a la desgracia de su madre.

Ana de Silva Mendoza fue, en ese sentido, la hija del cautiverio. No fue protagonista de los grandes conflictos de Estado, pero vivió sus consecuencias. El encierro de la princesa no solo castigó a una mujer poderosa: reorganizó la vida de su hija, limitó sus horizontes, condicionó su educación afectiva y la situó en una relación de dependencia y fidelidad extrema con la madre.

La princesa de Éboli, vista desde una perspectiva realista, tampoco debe aparecer como mártir perfecta ni como culpable absoluta. Fue una mujer noble, autoritaria, devota, litigante, políticamente situada, probablemente difícil, pero también víctima de una maquinaria de poder que podía ser implacable con quien resultaba incómodo. Su hija heredó esa complejidad: no recibió solo un apellido, sino una memoria herida.

Tras la muerte de la princesa de Éboli en 1592, Ana de Silva Mendoza quedó en una situación decisiva. Como hija de los duques de Pastrana, su destino natural dentro de la nobleza era el matrimonio. Las Notas históricas afirman que celebró capitulaciones matrimoniales con Don Íñigo López de Mendoza, VI conde de Tendilla, pero que este murió el 8 de octubre de 1592 a consecuencia de una caída de caballo. A raíz de aquel suceso, Ana decidió vestir el hábito en el convento concepcionista de Pastrana.

La entrada en religión puede interpretarse de varias maneras. Una lectura superficial la presentaría como simple consecuencia de una boda frustrada. Otra, más romántica, la vería como huida espiritual del mundo tras una tragedia. Una lectura histórica más completa debe unir ambos elementos con un tercero: la agencia personal de Ana dentro de las posibilidades reales de una mujer noble del siglo XVI.

El documento de Fr. Lorenzo Pérez conserva la licencia del provincial franciscano Fr. Pedro de Salazar, fechada el 28 de febrero de 1593. En ella se concede permiso para que Ana entre como monja en el convento de la Concepción de Pastrana, porque ella misma lo había pedido “con mucha insistencia” por sus cartas y contaba además con licencia del rey.

Esta cita es clave. Ana no aparece simplemente como una joven arrastrada al convento por su familia o por la muerte del prometido. Aparece como alguien que solicita activamente su ingreso. La fórmula “con mucha insistencia” permite reconocer una voluntad personal, aunque esa voluntad se expresara dentro de los límites sociales, familiares y políticos de su tiempo.

La profesión religiosa fue también un acto patrimonial. Ana cedió la legítima de sus padres a su hermano Rodrigo de Silva, quien por escritura otorgada en Pastrana el 6 de marzo de 1593 se obligó a darle mil ducados por una vez y otros mil de renta anual durante todos los días de su vida. Después, Ana entregó a la comunidad dos mil ducados por su dote.

Antes de profesar, otorgó testamento el 12 de marzo de 1594. Las Notas históricas resumen que mandó decir muchas misas por su alma y por las de sus padres, dejó renta al convento, dispuso que la comunidad recibiera perpetuamente dos monjas a presentación de su hermano Rodrigo y de sus sucesores, ordenó fiestas de santos de su devoción y dotó una capellanía de tres misas semanales por su intención y por los buenos sucesos de sus hermanos.

Este punto transforma profundamente la imagen de Ana. No fue solo una monja retirada del mundo. Fue una mujer noble que, al entrar en religión, ordenó jurídicamente su memoria, vinculó rentas al convento, aseguró plazas futuras, estableció misas y convirtió la clausura en una forma de continuidad familiar.

En la Edad Moderna, el convento no era necesariamente un espacio de desaparición. Para muchas mujeres nobles fue un ámbito de autoridad, cultura, administración y poder simbólico. En el caso de Ana de Silva Mendoza, la clausura funcionó como una libertad posible: no la libertad moderna de escoger sin condicionamientos, sino la posibilidad histórica de transformar una vida marcada por la prisión materna, la vigilancia real y la muerte del prometido en una existencia con sentido espiritual e institucional.

Ana tomó el nombre de Sor Ana de San Francisco. Ese nombre no borraba su pasado, sino que lo reorganizaba. La hija de la princesa de Éboli entraba en la vida religiosa con una memoria muy concreta: la de sus padres, la de sus hermanos, la de Pastrana y la de una casa nobiliaria que necesitaba seguir rezándose a sí misma para sostener su legitimidad.

La etapa conventual de Ana de Silva Mendoza no debe describirse como un simple final silencioso. Las Notas históricas permiten reconstruir una vida religiosa activa. Sor Ana de San Francisco firmó las cuentas de la comunidad el 2 de noviembre de 1596 como discreta, siendo abadesa la Madre Leonor de Mendoza. En mayo de 1599 fue elegida abadesa, cargo que desempeñó hasta finales de junio de 1601. Después continuó firmando como discreta hasta el 12 de abril de 1614. Murió el 1 de diciembre de 1614, a los cuarenta y un años, y fue sepultada en el enterramiento común de las religiosas.

Estos datos permiten superar la imagen de una Ana meramente doliente o encerrada. Sor Ana fue miembro del gobierno conventual. La palabra discreta indica participación en el consejo interno de la comunidad; el cargo de abadesa revela autoridad efectiva. En ella, la memoria nobiliaria no desapareció, sino que se transformó en servicio institucional.

Su vida religiosa puede entenderse como una forma de reconciliación histórica, aunque no en sentido sentimental. Ana no “resolvió” la tragedia de su madre ni reparó el castigo impuesto por Felipe II. Pero convirtió la herencia recibida en una estructura de oración, gobierno y permanencia. Donde la madre había sufrido encierro, la hija asumió clausura; donde la madre había perdido control político, la hija ejerció autoridad conventual; donde la madre había sido reducida a leyenda, la hija dejó huella en cuentas, testamento, dote, cargos y memoria comunitaria.

También conviene mirar a la princesa de Éboli desde esta misma lógica integradora. La madre no fue simplemente una mujer derrotada. Antes de su caída, había sido fundadora, patrona, viuda administradora y figura política. Incluso las fuentes que la juzgan con severidad reconocen indirectamente su capacidad de intervención: funda, dota, reclama, negocia, se defiende, escribe, resiste. La dureza de Felipe II no se explica contra una mujer insignificante, sino contra una mujer que todavía podía representar un problema de poder, memoria y discurso.

La relación entre madre e hija, por tanto, no debe reducirse a dependencia emocional. Fue también una transmisión de mundo. Ana de Silva Mendoza heredó de su madre la vinculación con Pastrana, la conciencia del linaje, la relación con la vida religiosa, la experiencia del encierro y la necesidad de ordenar la memoria familiar. Su profesión como Sor Ana de San Francisco no fue una negación de la princesa de Éboli, sino una forma de prolongarla de otro modo: más silencioso, más institucional y más espiritual.

En el fondo, la vida de Ana de Silva Mendoza revela una verdad histórica más amplia: muchas mujeres de la nobleza moderna no actuaron solo desde los espacios visibles de la corte o del matrimonio, sino también desde los ámbitos de la clausura, la memoria litúrgica, la administración de dotes, la fundación de capellanías y el gobierno conventual. Sor Ana de San Francisco pertenece a ese mundo. Fue hija, testigo, heredera, monja, discreta y abadesa.

Su figura no necesita ser exagerada para resultar importante. Basta situarla donde estuvo: junto a una madre castigada por el poder real, dentro de un convento fundado por la memoria familiar, y al frente de una comunidad donde convirtió el dolor heredado en una forma estable de presencia.

1. Fecha de nacimiento: 1572 o 1573

El estudio de Esther Alegre Carvajal sitúa el nacimiento de Ana de Silva Mendoza en junio de 1572, mientras que las Notas históricas de Fr. Lorenzo Pérez afirman que nació en Madrid en 1573, “precisamente en el mismo año en que murió su padre”. La misma fuente monástica justifica esta fecha porque en 1605 Ana habría declarado tener treinta y dos años en la información sobre los prodigios de la Virgen del Soterraño.

Para un artículo prudente, conviene usar la fórmula: “nacida entre 1572 y 1573, según las fuentes”. Si se elige una fecha principal, puede indicarse 1573 por ser la más repetida en repertorios y por aparecer en la tradición monástica, pero dejando constancia de la propuesta de Alegre Carvajal.

2. El lugar del cautiverio: convento, palacio o prisión doméstica

Las Notas históricas presentan el retiro de la princesa y su hija en 1582 como una vida “en paz y quietud” en el convento. Sin embargo, la historiografía moderna describe un régimen de encierro mucho más duro, especialmente entre 1590 y 1592, cuando Felipe II agravó las condiciones de prisión. Reed y Dadson hablan incluso de una princesa emparedada en un cuarto de su palacio, enferma y suplicando luz y aire.

La conciliación más razonable es distinguir entre lenguaje monástico memorial y reconstrucción histórica del castigo regio. El convento y el palacio forman parte del mismo paisaje pastranero, pero la experiencia de la princesa y de su hija fue la de un encierro vigilado, no la de un retiro libre.

3. Edad de Ana durante el cautiverio

Algunas versiones divulgativas señalan que Ana permaneció junto a su madre desde niña durante los años de cautiverio. RTVE destaca esta compañía filial y el papel de Ana como consuelo de la princesa. En uno de los resúmenes indexados de RTVE aparece una referencia a que Ana habría permanecido con su madre “desde los 8 a los 29 años”, dato que no encaja con la cronología aceptada si Ana nació en 1572/1573 y la princesa murió en 1592.

Lo más coherente es entender que Ana acompañó a su madre desde la infancia hasta la muerte de la princesa, aproximadamente hasta los diecinueve o veinte años, según se adopte 1572 o 1573 como fecha de nacimiento.

4. Vocación religiosa: decisión personal o salida forzada

El relato puede presentar la profesión de Ana como consecuencia de la muerte de su prometido, Íñigo López de Mendoza. Sin embargo, la patente conservada en las Notas históricas introduce un matiz importante: Ana pidió entrar en religión “con mucha insistencia” por sus cartas y contaba con licencia del rey.

Por tanto, la lectura más equilibrada es doble: la muerte del conde de Tendilla abrió o precipitó la vía religiosa, pero la documentación muestra una voluntad activa de Ana para entrar en el convento.

5. Imagen de la princesa de Éboli: mito, culpa y revisión historiográfica

La tradición literaria y popular ha tendido a presentar a la princesa de Éboli como mujer intrigante, culpable o escandalosa. Reed y Dadson advierten que las acusaciones, los apodos y la memoria negativa proceden en buena medida del chismorreo cortesano y de interpretaciones posteriores.

Conviene evitar presentar a la princesa como simple conspiradora o femme fatale. Su relación con Antonio Pérez, el asesinato de Escobedo y la reacción de Felipe II deben aparecer como parte de un conflicto político complejo, no como un melodrama sentimental.

Alegre Carvajal, Esther. “Ana de Silva Mendoza”. En Damas de la Casa de Mendoza. Historias, leyendas y olvidos. Madrid: Ediciones Polifemo, 2014. Documento adjunto: 2014_Ana_de_Silva_Mendoza_hija_de_los_Pr.pdf.

Pérez, Fr. Lorenzo, OFM. Notas históricas y memoria. Monasterio de monjas concepcionistas en Pastrana. Pastrana, 28 de junio de 1920. Documento adjunto: NOTAS HISTÓRICAS de ESTE Monasterio (1).docx.

Reed, Helen H., y Trevor J. Dadson. La princesa de Éboli, cautiva del rey. Vida de Ana de Mendoza y de la Cerda (1540-1592). Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica / Marcial Pons Historia, 2015. Fragmento consultado: Algunas páginas. La princesa de Éboli.

Dadson, Trevor J., y Helen H. Reed. Epistolario e historia documental de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli. Madrid / Frankfurt am Main: Iberoamericana / Vervuert, 2013.

RTVE. “¿Por qué Felipe II encarceló a la Princesa de Éboli hasta su muerte?”. RTVE, 2024.

RTVE. Preguntas a la historia: ¿La princesa de Éboli en su largo encarcelamiento en Pastrana gozó de alguna compañía? RTVE Audio, 2018.

Ares, Nacho. Éboli. Secretos de la vida de Ana de Mendoza. Madrid: Algaba, 2006.

Fernández Álvarez, Manuel. La princesa de Éboli. Madrid: Espasa, 2009.

Salazar y Castro, Luis de. Historia genealógica de la Casa de Silva. Madrid, 1685.

Salazar, Pedro de. Crónica de la Provincia de Castilla. Libro VIII, capítulo XXI, 1612.