La lega más famosa

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LA MUERTE DE LA BEATA INÉS, Sábado 21 de enero de 1696 (Javier Herrero Llario)  

 

Ya el Ángelus tocaba

La campana del convento

Voló la flor al viento

Y en el cielo lo cantaba

 

La Beata es advertida de que su muerte está próxima.

La Madre Inés fue una santa. Precisamente por esta razón fue también humana. En consecuencia no pudo librarse de cierta angustia, por el peso de sus faltas, ante la hora de la muerte. Tal vez porque sabía que a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá (Lucas 12:48). Todo comenzó en el año 1692. En aquel entonces las Descalzas de Benigànim pedían a Dios por el alma de sor Josefa María de Jesús, la última religiosa de la comunidad que había fallecido. En ese momento la Beata experimentó algo extraño. No había tenido la acostumbrada visión del ángel de la guarda de la monja difunta, saludando al custodio de la próxima que había de morir. Sin embargo presenció, en éxtasis, el juicio de la sobredicha religiosa. Estas circunstancias le dieron a comprender que la siguiente religiosa que dejaría el convento, para el encuentro con el esposo, era ella misma. Quedó muy afligida tras presenciar el sumarísimo juicio de sor Josefa de Jesús. Meditando estos sucesos por la huerta, delante de la ermita, se formó ante sus ojos un rico camino de ángeles que sostenían flores y guirnaldas. Al final del celestial sendero pudo discernir las figuras de Jesucristo y su Madre, a cuyos pies se observaba el cuerpo de una monja de su misma orden, con el rostro escondido tras el tupido velo. La Madre Inés preguntó para sus adentros qué era aquello, a lo que Jesucristo le respondió –Se dispone y prepara, para que cuando muera esta religiosa vaya y suba por él al cielo-. Se completó está divina revelación con otra visión en la que el Redentor le dijo –Inés, quiétese tu corazón, no te aflijas, que luego serás consolada y te concederé lo que tanto deseas-.

 

La Beata se encuentra a las puertas de la Gloria pero la priora le ruega que no muera.

Consolada y en espera del feliz encuentro llegó su hora en el año 1693.  Al tiempo que la Beata agotaba sus últimas fuerzas en su lecho, la madre priora de la comunidad, Ana María del Santísimo Sacramento, tuvo la impertinente idea de rogarle, más aún, mandarle en virtud de su voto de obediencia pidiese a Dios que le diera vida durante sus tres años de priorato. Dura prueba para la Beata, pero fiel a su regla y constituciones obedeció a la superiora. Tras permanecer un tiempo en oración informó a la reverenda madre que la gracia había sido concedida.

 

La Beata se despide de sus amigos y conocidos.

Cuando llegó el otoño del año 1695 la Beata sabía que su tiempo en el mundo expiraba. En consecuencia decidió despedirse de algunos allegados. La Madre Ana María del Santísimo Sacramento escribía las cartas que ella le redactaba y que luego firmaba dibujando una cruz sobre el papel. Era septiembre de 1695 y sabemos que, entre otros, se escribieron cartas a don José Milán de Aragón o a don Vicente Guill. En las misivas se informaba de la cercanía de la partida y se aconsejaba visitar el convento lo más pronto posible para verla con vida. Apaciblemente y sin contratiempos pasaron las monjas de Benigànim el otoño de 1695. Pero en los últimos días del año la Beata  experimentó mayor gravedad en sus achaques de salud, los cuales se trocaron en enfermedad. Padecía calenturas, si bien nunca se estableció un diagnostico claro sobre una enfermedad concreta, en realidad era un cúmulo de varias complicaciones. En los inicios de 1696 el dictamen médico fue contundente, aquella enfermedad era mortal. Su mal principal en aquellos días era de tipo respiratorio. Todos advertían la dificultad de la Beata en sus respiraciones, sufriendo dolores y ahogos, aunque no oyeron nunca de sus labios salir la menor queja. Igualmente tomó todo cuanto le recetaron los médicos.

La Beata muere en su celda el día de su patrona, Santa Inés.

El viernes 20 de enero los médicos advirtieron un severo empeoramiento de la enfermedad de la religiosa. Por esta causa se pidió que se le trajera el Viático, como así se cumplió. Esa misma tarde la Beata dio orden de llamar a su confesor para despedirse.

Amaneció el sábado 21 de enero de 1696, una jornada de las más importantes en el calendario personal de la Beata por ser el dedicado a su patrona Santa Inés. Durante la madrugada se adentró en la celda el doctor que la atendía, don Pedro Vidal. Cuando la Madre Inés se despidió de él, le agradeció sus cuidados al tiempo que le indicaba que no serían necesarios más medicamentos, ni tampoco que volviese a visitarla. Antes de su marcha las religiosas de la comunidad, correspondiendo a las atenciones que dedicó a la Beata, regalaron al doctor Vidal una pequeña escultura del Arcángel San Miguel. Transcurridos más de 300 años los descendientes del médico, que conservaban la imagen como verdadera reliquia, han devuelto la pequeña talla al convento. Aquella misma mañana el padre Felipe Benavent, confesor de la Beata y autor de una de sus biografías, entró en la clausura para despedirse de la Madre Inés. Cuando la Beata lo vio entrar en su celda exclamó –Pare ya m’en vaig a l’altra vida, encomanem a Deu– Quienes presenciaron la escena debieron conmoverse enormemente ante las palabras de la Madre, pues de sobra habían experimentado lo infalible de sus predicciones, y la de ese día no iba a ser una excepción. Fue entonces cuando el padre Benavent tomó como herencia de la Beata su estampa del Ecce-Homo (El Redonet), por lo que hasta hoy lo han conservado los párrocos de Benigànim.

Los sacerdotes don Miguel Saurina y don Pablo Hortells consolaron a la Beata durante toda su agonía, pues no se separaron de su cama. Éstos junto con las religiosas serán los principales testigos de cuanto sucedió aquel sábado 21 de enero. Durante esa mañana la Madre Inés mandó llamar a todas las religiosas del convento para despedirse de ellas. La estrecha celda conventual se ve repleta de las monjas y los sacerdotes que quieren despedir a la Beata. La enfermedad aunque exprimió las fuerzas de la Madre no consiguió minar ni su lucidez ni su candor. Habló a sus hermanas para pedirles que perdonaran sus faltas. También les ruega que la encomienden a Dios, porque su esposo la llama. Les dijo –Madres y hermanas carísimas, perdónenme; adiós, que yo me voy, porque así lo quiere mi Amado; adiós, que el Esposo me espera- Ellas le responden expresando ternura con sus miradas y con sus palabras. A seguida, alegando ser el día de su patrona, Santa Inés, sor Josefa solicita recibir la que será su última Comunión. Como ve que no se dan prisa insiste con vehemencia –presto, que ya me voy- les dice a sus hermanas.  A partir de ahora la conversación de la Beata tiene dos direcciones: en vertical y en horizontal. En esta última dirección platica con los que la acompañan en sus últimas horas, hacia arriba hablaba con Dios y expresa los deseos que ardían en ella de verse junto a su esposo Jesucristo. Así lo advierten quienes están en la celda, los cuales miran con extrañeza como la enferma parece recobrar la salud al incorporarse, hacer reverencias y conversar con alguien a quien no alcanzan a ver. Es interrogada por los sacerdotes, a los cuales confiesa que la acompañan también en aquellos momentos la Virgen María y San José, Santa Inés y Santa Úrsula capitaneando un ejército de santas, además de las religiosas del convento que habían fallecido desde los días de la fundación.

Estaba ya avanzada la mañana y la escena en el convento era de lo más singular. Los presentes lloraban entre apenados y emocionados ante las palabras elocuentes y enamoradas de la enferma, quién consolaba y edificaba a los asistentes, y no al revés, siendo aquellos momentos los más felices de su vida terrena. Durante este tiempo, unas dos horas antes del deceso de la venerable madre, se podía percibir en todo el convento una extraña fragancia, cuyo origen no acertaron a conocer las religiosas. En realidad había descendido el olor del cielo al abrirse sus puertas.

Finalmente sobre las doce del mediodía, al sentir que se acercaba el momento definitivo, la Beata pidió la Extremaunción. Le fue administrada de inmediato. Entre las doce y la una la religiosa permaneció en reposo y fue en este tiempo cuando exhaló su postrer suspiro. No se sabe con certeza. Apenas se dieron cuenta los presentes, ya que pareció que quedaba dormida. Con tanta dulzura abandonó la Beata Inés este mundo camino del cielo. Tenía 70 años, 11 meses y 12 días. En el libro de ingresos, profesiones y defunciones del convento las monjas escribieron: A 21 de Enero de 1696 murió la Venerable madre Josepha María de Santa Inés cargada de años y merecimientos.

El cuerpo de la Beata es expuesto durante más de tres días.

Cuando las monjas advirtieron que la Madre Inés había fallecido, tuvieron que recurrir a algunas experiencias para comprobar que ya no respiraba. Se impresionaron al observar lo tratable y flexible que había quedado el cadáver; lo mismo la blancura de su piel y la hermosura de su rostro, el cual pareció rejuvenecer. El día quería acompañar la tristeza de las religiosas, pues el cielo derramaba una abundante lluvia. Las monjas vistieron el cadáver de la Beata con toda facilidad y lo dispusieron tras la reja que llaman de los velos, según la costumbre. Consta en los Monumenta Authentica que se abrió la verja para que los que se acercaran pudiesen ver mejor a la Madre Inés.

En ese tiempo se abrió la sepultura común de las monjas, que entonces estaba adosada al convento, y la vieron, por primera vez, completamente inundada. Incluso tuvieron la desagradable visión de las osamentas flotando sobre el agua. Talmente parecía que aquel día lloraron hasta los cimientos del monasterio. Mientras aquello acontecía la Beata se apareció en espíritu a dos personas. Un caballero de Valencia, enterado de la enfermedad de la venerable, oraba por su salud cuando pudo ver una monja coronada de flores y rodeada de perlas. Otra señora escuchó unos golpes en su casa, siendo ésta la señal que había concertado con la Madre Inés para conocer su partida al cielo.

La noticia de la muerte de la Madre Inés debió correr mucho más allá de Benigànim pues el convento de las monjas se convirtió, en cuestión de horas, en un verdadero río de devoción. Todo ello a pesar de las lluvias torrenciales y del frío tan recio de aquellos días. De hecho 1696 fue conocido por mucho tiempo en Valencia como año de las aguas o de las lluvias. Fue tal el concurso de gente que se apeaba en aquella pequeña iglesia para despedir a la Beata, que su venerable cuerpo hubo de permanecer expuesto desde el día 21 hasta la tarde del martes 24. Durante el día y la noche desfilaban en numeroso tropel los devotos de la fallecida, no pudiéndose cerrar las puertas de la iglesia, las cuales permanecieron abiertas, de par en par, durante aquellos días.

Las religiosas se organizaron en turnos para acompañar los restos mortales de la Beata. Igualmente la Madre priora tuvo que disponer a dos religiosas para recoger los rosarios que traía la gente, los cuales fueron pasados por el cuerpo de la que aclamaban como santa. De hecho se solicitaron tantas reliquias que las monjas rasgaron hábitos de la venerable que distribuyeron entre la gente, y no siendo suficiente convirtieron en astillas el lecho sobre el que murió la Beata, e incluso le mudaron el hábito antes de enterrarla para tener más reliquias con que satisfacer la desbordada devoción popular.

Al igual que tantas otras gentes desafiaron también la lluvia toda la comunidad de Agustinos Calzados de Xàtiva, quienes viajaron hasta el convento de las Agustinas en donde cantaron una Misa de difuntos de cuerpo presente en honor de sor Josefa María de Santa Inés.

Todos cuantos visitaron la iglesia durante aquellos cuatro días quedaron maravillados por el fragante aroma que allí se percibía, y que interpretaban como el olor de santidad de aquella monja bienaventurada. También la comunidad de Agustinas Descalzas escuchó una melodía por los claustros del convento aquellas horas y buscando los músicos en la iglesia, pensando que habían venido a rendir homenaje a la Madre Inés, no los encontraron. Juzgaron que era una de las muchas manifestaciones de la gloria que ya gozaba sor Josefa de santa Inés.

Entre las muchas curiosidades que tuvieron lugar en aquellas fechas se dio el siguiente caso. Sor Ana María de San Roque aprovechando un momento más tranquilo y, según ella movida por la devoción a sor Josefa, intentó arrancar un diente del sagrado cadáver. A pesar de la mucha fuerza que ejerció no fue capaz de sacarlo, pero durante la operación empezó a brotar sangre líquida en gran cantidad de la encía de la Beata. Fue sorprendida entonces por la Madre Bernarda María de los Santos Reyes y entre las dos empaparon pañuelos en aquella sangre, los cuales también repartieron como reliquias.

Aunque no consta nada al respecto en los documentos, ni en los testimonios del proceso de Beatificación existe un cuadro al óleo que debió pintarse durante los días en los que el cuerpo de la Beata permaneció expuesto. Se trata de un lienzo de los que se llaman de monjas coronadas. En este caso del velatorio de la Beata en que se la representa amortajada, coronada y rodeada de flores y con los candelabros que iluminaban su cadáver. Estas obras eran muy comunes en la América novohispana si bien se encuentran algunos ejemplares en la península. Este tipo de retratos eran encargos de la familia de la monja para hacer la profesión o bien los encargaba el convento para conmemorar aniversarios o el fallecimiento de una religiosa ilustre, como es el caso. Solían pintarse durante el velatorio por eso, como sucede con el de la Beata, se pinta de perfil que es la vista que tenía el pintor. De la Beata existe uno que conserva el Museo Municipal de Xàtiva. Además inspirándose tal vez en esta imagen se realizó una estampa para la biografía de la Beata de Felipe Benavent editada en 1913. Este lienzo supone el testimonio gráfico y visual de los históricos acontecimientos que tuvieron lugar en el invierno más triste  y a la vez más dichoso de Benigànim.

Entierran a la Beata en el claustro del convento.

A las seis de la tarde del martes 24 de enero de 1696, con toda solemnidad la comunidad de Agustinas Descalzas procedió a dar sepultura al cuerpo de la Madre Inés de Benigànim. Para tan extraordinaria ocasión se adentraron en la clausura el notario de Benigànim, Miguel Mora; Fray Nicolás Vals, prior del convento de San Agustín de Xàtiva; Felipe Benavent, párroco de Benigànim; los sacerdotes que asistieron a la Beata en su muerte y otros sacerdotes; el primer Jurado de la Villa de Benigànim Juan Gomar, así como el Justicia y otro Jurado; el marqués de El Ràfol, Antonio Almunia; vecinos y miembros de la corporación municipal de  Xàtiva y el albañil Miguel Gomar. Tras el entierro, o posiblemente días más tarde, el mencionado marqués, don Antonio Almunia regaló a las monjas el retrato de la Madre Inés que custodiaba en su casa. Lo debió encargar años atrás, como lo hicieron otros devotos. En aquel tiempo se efectuaron copias, para devoción particular, del retrato que realizó el padre José Ramírez, el único que la pintó directamente. Tras el lienzo, que aún conserva la comunidad de Benigànim, está escrito lo dio el marqués de el rafol.

El cuerpo de la religiosa fue depositado dentro de un doble ataúd. En su interior de plomo y exteriormente de madera. Uno de los presentes admirado, al igual que el resto, por la fragancia percibida y la flexibilidad del cuerpo de la Beata, movido por la curiosidad, le levantó los dedos de una mano y estos volvieron luego a cruzarse con toda naturalidad. Finalmente se enterró dentro del claustro debido a la inundación de la fosa común. Para ello fue necesaria la tramitación de un permiso especial. Éste fue expedido el 22 del corriente mes y año por don José García de azor, vicario general del arzobispado, al cual le escribieron las monjas el mismo día 21. El féretro fue sellado con cuatro lacres y cerrado con otras cuatro cerraduras de distinta llave. Cada una fue entregada a diferentes guardas. Una fue enviada al nombrado vicario José García de Azor, otra a la curia parroquial de Benigànim, otra a los jurados que componían el ayuntamiento de Benigànim y otra a la Priora y demás religiosas del convento. A seguida procedieron a enterrar el venerable cuerpo en aquel extremo del claustro bajo, según disposición del arzobispado. El albañil selló la sepultura con un doble tabique cubierto con cal.

De esta manera la Beata continuó cumpliendo sus profecías aún después de su muerte. Esto se puede afirmar porque en una ocasión entrando a la clausura don José Milán de Aragón la Beata le señaló con el dedo aquel rincón, pronunciando las palabras –Memento, homo, quia pulvis es- (Recuerda, hombre, que polvo eres). No entendió el susodicho el significado de aquellas palabras hasta que tiempo después de la muerte de la Beata se adentró en la clausura y las religiosas le mostraron el primitivo sepulcro de la Beata, comprendiendo entonces que la Madre Inés había profetizado el lugar de su enterramiento. Además de ello, por la circunstancia de la inundación de la fosa común, no solo se cumplió la profecía sino que además la Beata fue enterrada en lugar separado y distinguido del resto de las religiosas.

Otro prodigio se obró en aquel improvisado sepulcro. Se dio el caso que a los pocos días del entierro, las religiosas vieron salir de la sepultura un líquido. Llamaron al médico del convento y al confesor, quienes sentenciaron que aquello no podía ser otra cosa que aceite. Durante los días que se obró aquel prodigio las monjas recogieron la extraña sustancia en platos y vasos. Señalaron también las monjas que, a pesar del intenso frío, el líquido no se congeló.

Se celebran diversas honras fúnebres en memoria de la Beata.

 

Pasados unos meses se celebraron los solemnes funerales en honor de la Madre Inés de Benigànim. Tuvieron lugar en mayo de 1696, en concreto los días 4, 5 y 6. Las honras fúnebres acontecieron en la iglesia de las madres Agustinas Descalzas. Para la ocasión se dispuso en el centro del templo un monumento funerario, coronado éste por una efigie de la homenajeada Sor Josefa de Santa Inés. Alrededor del túmulo se dispusieron alabanzas sobre las virtudes de la venerable religiosa. El catafalco fue además profusamente iluminado con velas y candelabros. De esta conmemoración nos ha llegado una singular anécdota. Predicando el primer día el confesor de la Beata, el dr. Felipe Benavent, narró la escena de la finestreta, que la Madre Inés le refirió en confesión y que aún no se conocía. Allí presente estaba el anciano Francisco Mestre, el criado que protagonizó la conocida escena en compañía de la Beata, quien allí mismo reconoció los hechos arrepintiéndose de los mismos.

Para las ceremonias se instalaron gradas y bancos de madera en la plaza delantera del templo conventual y el púlpito se sitúo a las puertas de la iglesia. De este modo el numeroso concurso de fieles allegados hasta Benigànim pudo escuchar los sermones que elogiaban la figura de la Beata y narraban los pormenores de su reseñable periplo vital. Hay que destacar que en este tipo de ceremonias eran muy significativos los sermones, de ahí la importancia que tenía que todos pudiesen oírlos. No obstante, según las noticias que tenemos, a pesar de las precauciones que se tomaron se desbordaron las previsiones. Conocemos que llegaron gentes de todas partes de Valencia e incluso de fuera del reino. Por ejemplo constan ciudades como Xàtiva y Ontinyent, Valencia o Elx.

También en otras ciudades se celebraron honras fúnebres en honor de la Beata. En Valencia sus devotos las celebraron en la iglesia del Cristo del Salvador el 2 de Julio. También le dedicaron solemnes exequias las Agustinas Descalzas en su convento del Santo Sepulcro de Alcoy el 6 de agosto del año 1696. Los sermones pronunciados tanto en Benigànim como en Valencia fueron editados en varias ocasiones. En la impresión del sermón en las exequias celebradas en Valencia apareció la que sería la primera estampa publicada de la Beata. Fue realizada por un grabador anónimo el mismo año de 1696. Tanto el numeroso concurso de fieles en los funerales de Benigànim, como la celebración de otros en Valencia y Alcoy, así como la impresión de los respectivos sermones ofrecen testimonio de la extensa devoción de los valencianos por la Madre Inés de Benigànim en el momento de su muerte. Esta fama será la causa de que en los meses siguientes al 21 de enero de 1696 se inicie un listado interminable de milagros atribuidos a su intercesión. Muchos de ellos fueron recogidos en testimonios escritos y son el prólogo de un libro de milagros que alcanza 321 años hasta el día de hoy.

A modo de conclusión.

Aquí termina el relato de las circunstancias que rodearon la muerte para el mundo de la Beata Inés y su nacimiento a la inmortalidad. Conocer estos hechos nos permite hacernos una idea del impacto religioso y social que tuvo Inés de Benigànim en el mundo que le tocó vivir. Algunos de los oradores que glosaron las virtudes de la Beata en sus funerales indicaron que el conocimiento y veneración de la Madre Josefa de Santa Inés, en el año de su muerte, no solo alcanzaba los reinos hispánicos, sino que había llegado a puntos de Europa y de las Indias. En 1888 la iglesia señalaría el día 21 de enero como la fiesta de la Beata; así venimos celebrando este día su encentro definitivo con Jesucristo; este año además lo haremos un sábado, como lo hicieran los beniganenses de aquel 21 de enero de 1696.

Arriba la esperaba

El que fuera su contento

Llegado era el momento

Y toda se entregaba

 

 

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